El desinfector

Fig 1. Desinfector cargando agua. Imagen de página 33 de ‘Cartilla del desinfector’, del Doctor C. Chicote, 1901./ Ay. de Madrid

Hace tiempo que estoy investigando sobre el oficio de desinfector caído hoy en desuso. Quien ostentaba esta categoría laboral trabajaba en la brigada de desinfección y realizaban tratamientos para evitar la propagación de enfermedades infecciosas. No sé cuándo empezó a haber en España personas contratadas por la Administración para realizar específicamente este trabajo. Sé que que surgió durante el siglo XIX a raíz de las necesidades higiénicas de la época y debido a los conocimientos científicos que se realizaron. Hoy en día no se dan las epidemias que se daban entonces. Cuando el cólera amenazaba, llegaba a las ciudades y no se sabía cómo controlarlo. No se conocía la relación entre enfermedades epidémicas y gérmenes transmisores. Pero sí se intuía su relación con la falta de higiene. Así que la idea higiénica de desinfección para evitar la propagación de enfermedades contagiosas estaba en las mentes más avanzadas. Era una medida correcta de la que se desconocía el alcance, pero ayudaba.

Buscando en la página del Boletín Oficial del Estado (BOE), he encontrado un ejemplo de antigua desinfección en la Real Orden de 25 de septiembre de 1834, donde se mandan “reglas para proceder al expurgo y desinfección de la población después de casi extinguida la enfermedad epidémica que ha afligido á esta capital” [1]. Cuando la epidemia estaba remitiendo en Madrid, las autoridades establecieron la necesidad de una desinfección que reglamentaron en 8 puntos. En el primero, por ejemplo, se manda que en hospitales, casas de socorro y otros establecimientos donde haya habido enfermos de la epidemia se proceda al blanqueo de techos y paredes, y a la limpieza del suelo, puertas y ventanas dos veces por día de agua clorada. Y en el segundo, se manda que las camas, sillas y otros muebles donde hayan estado los enfermos deberán ser limpiadas con agua hirviendo y, cuando esto no sea posible, se expondrán a los rayos del sol, “pues está reconocido como uno de los agentes más poderosos para la desinfección.”

Fig 2. Desinfección en las calle con motivo del brote de cólera en Granada en 1885.

Este tipo de desinfección promulgada en Madrid con motivo de la epidemia de 1834 era común ante casos similares. Y parece que esta primitiva reglamentación se aplicaba también de manera sistemática en hospitales y casas de socorro [2]. A medida que avanzaba el siglo XIX el conocimiento científico progresó notablemente y se fueron estrechando los lazos entre enfermedad contagiosa y patógenos. Fue a raíz de los importantes descubrimientos del Louis Pasteur que se estableció la transmisión de enfermedades contagiosas. Este eminente científico postuló que todas las enfermedades infecciosas tenían su causa en seres microscópicos que se propagaban entre personas. Esta teoría fue un punto de partida para comprender las epidemias e intentar controlarlas. Y, en consecuencia, llevó a los países avanzados a establecer medidas de profilaxis.

En 1885 en España se sufrió una epidemia de Cólera que afectó a numerosas poblaciones. En la imagen número 2 se puede ver un grabado que ilustra una desinfección en una calle de Granada con, entre otras cosas, la quema de objetos. Y en la imagen número 3, se ilustra la desinfección de maletas y bultos en una estación de Madrid. Con este motivo, en las fronteras se establecieron mecanismos para la desinfección de personas y objetos. Ese mismo año fue promulgada la Real Orden de 22 de julio de 1885 que regularizaba “el sistema preventivo y de desinfección respecto a las procedencias marítimas de puertos sospechosos o epidemiados” [3]. En ese momento ya se sabía de la relación entre gérmenes y enfermedades contagiosas y en España se promulgó una incipiente legislación para evitar su propagación. Y el primer medio de transporte de la época con lugares lejanos de donde podía llegar una enfermedad era por vía marítima.

Fig 3. Desinfección de maletas en la estación de Madrid por el brote de cólera de 1885.

Unos pocos años más tarde, ante el apremio de epidemias que podían llegar de otros países de Europa se establecen también controles fijos en las fronteras terrestres. En la Real Orden de 27 de agosto de 1892 se estableció “en la frontera de España con Francia un servicio de inspección médica de las personas y de desinfección de los efectos contumaces”, y se dictaron “disposiciones relativas a la más completa ejecución de este servicio” [4]. Esta situación de vulnerabilidad de la que se fue tomando conciencia llevó a la Administración a crear el cuerpo de Sanidad Exterior. En los puertos, por ejemplo, había un médico destinado a inspeccionar los barcos que llegaban. Y si estos lo hacían de una zona donde se había declarado alguna epidemia o eran zonas susceptibles, se procedía a la desinfección. Este cuerpo sanitario tomó especial relevancia cuando en 1894 Alexandre Yersin, bacteriólogo del Instituto Pasteur, descubrió el bacilo causante de la peste y su modo de transmisión a través de la pulga de rata. Desde entonces, a todo barco sospechoso o infestado por ratas se le realizaba una sulfuración, es decir, una fumigación con dióxido de azufre mediante la quema de azufre [5]. Por tanto, en puertos y fronteras se debió contratar trabajadores que realizaran estas labores específicas.

Fig 4. Estufa de desinfección Geneste Herscher. Imagen de página 17 de ‘Cartilla del desinfector’, del Doctor C. Chicote, 1901./ Ay. de Madrid

Los nuevos conocimientos científicos crearon unas necesidades de aparatos y servicios de desinfección. Si buscamos en el BOE observaremos cómo en el último cuarto de siglo XIX se aprueban decretos para la compra de material de desinfección. En concreto, se encuentran diversos decretos para la compra de grandes aparatos como estufas de vapor. Como ejemplo está la Real Orden de 3 de octubre de 1893 en la que se autorizó al Ministro de la Gobernación para que adquiriera “por gestión directa tres estufas de desinfección con destino a las necesidades de la policía sanitaria” [6]. Las tres estufas adquiridas eran de la marca Geneste Herscher de París como las de la figura número 4. Se trata de un gran generador de vapor con una cámara grande de desinfección conocido como locomóvil que era transportado mediante un par de caballos allí donde fuera necesario. Esto me hace pensar que en 1893 ya había un parque móvil de desinfección en Madrid con personal especializado, es decir, con desinfectores.

Ahora bien, la creación de numerosos puestos de trabajo en calidad de desinfectores es a raíz del Real Decreto del Ministerio de la Gobernación de 31 de octubre de 1901 “referente a las medidas y precauciones que han de adoptarse en los casos que puedan ocurrir de enfermedades contagiosas” [7]. En el articulado de esta ley se estableció la desinfección sistemática para enfermos de peste, fiebre amarilla, cólera, lepra, viruela, sarampión, escarlatina, difteria, tifus, fiebre tifoidea y tuberculosis. Nótese que entre la enfermedades aparece la fiebre amarilla, una enfermedad vírica que se transmite por la picadura del Aedes aegypti, pero que en aquella época todavía se desconocía el mecanismo de transmisión. El médico, jefe de familia o cualquier otra persona que cuidara al enfermo tenía la obligación de declarar a la autoridad municipal competente cualquier caso de persona enferma. Y entonces se procedía a la desinfección de la habitación o vehículo donde estuviera el enfermo, así como de camas, ropas, objetos personales, etc.

Fig 5. Estufa de desinfección. Imagen de página 16 de ‘Cartilla del desinfector’, del Doctor C. Chicote, 1901./ Ay. de Madrid

Pero, ¿quién llevaba a cabo la desinfección? Se estableció que los Ayuntamientos de capitales de provincia y las ciudades con más de 20.000 habitantes había de proveerse de un Negociado de Sanidad para recoger toda la información sobre notificación de enfermos y gestionarla. Y también que estos Ayuntamientos y las Diputaciones Provinciales debían de proveerse de material y de personal para realizar la desinfección allí donde tuviera competencias. Por otra parte, todos los hospitales debían proveerse de una estufa de desinfección como el de la figura número 5. La cosa, según el Real Decreto, debía de ser así. Primero se notificaba el caso de enfermo infeccioso. Luego se trasladaba un médico para averiguar la enfermedad, personas afectadas, etc. Entonces el médico ordenaba el traslado del enfermo al hospital. Y luego el Jefe de Desinfección ordenaba lo propio. La desinfección era de obligado cumplimiento. Si se consideraba que había que deshacerse mediante quema de algún objeto, se tenía la potestad. Y muy importante, cuando se había realizado el tratamiento, el Jefe de Desinfección expedía un documento que atestiguaba la realización de esta. Y en la entrada del local desinfectado, se tenía que colgar un sello (término que aparece en el decreto) que acreditara la operación realizada. Este sello es quizás el origen de nuestro moderno certificado de garantía que tanto nos gusta entregar al cliente para que coloque a la vista de los clientes.

En la misma edición de la Gaceta de Madrid del 4 de noviembre de 1901 donde apareció este Real Decreto, fueron también publicadas unas instrucciones de cómo debían ser realizadas las desinfecciones [8]. En estas se detalla qué y cómo se ha de realizar la desinfección. Y también los productos a utilizar. Hay un apartado interesante en el que se especifica que en el caso de encontrarse parásitos, ratas y ratones que estén implicados en la enfermedad contagiosa hay también que combatirlos. El desinfector, por tanto, actuaba como desinsectador y desratizador en caso de necesidad.

Fig 6. Portada de la ‘Cartilla del desinfector’ del Doctor César Chicote, 1903./ Ay. de Madrid

Un documento de primera magnitud de la época, es la ‘Cartilla del desinfector’ [9], donde se describen los productos desinfectantes, los aparatos y cómo se tienen que realizar los tratamientos. El manual fue escrito en 1903 por el Doctor César Chicote y del Riego, quien fuera director del Laboratorio Municipal de Madrid entre 1898 y 1932. Es una auténtica joya que el Ayuntamiento de Madrid ha tenido a bien de digitalizar en su Biblioteca Digital, página Memoria de Madrid [10]. El Doctor César Chicote fue una persona muy querida. Y sin duda, muestra de la gran persona que debió ser es la advertencia a modo de prólogo que figura en esta modesta publicación. Quiso escribir un recordatorio para que el personal destinado a la desinfección supiera de la importancia de su trabajo y dispusiera en todo momento de unas instrucciones. Está muy bien detallado el comportamiento que deben tener para no contaminarse ni contaminar. Es interesante hacer notar que se mencionan dos categorías laborales. Por una parte está el propio desinfector que realiza la desinfección en los locales. Y por otra, el maquinista que se responsabiliza del uso de las estufas de desinfección.

A raíz del Real Decreto de 1901, todos los ayuntamientos y diputaciones provinciales se pusieron manos a la obra. Las grandes ciudades disponían de ventaja económica y pronto se hicieron con maquinaria y personal. Otras ciudades más pequeñas, tardaron unos años en conseguir tener un servicio de desinfección propio. Encontré una noticia muy interesante titulada ‘El servicio de higiene en Toledo, que fue publicada en el Heraldo de Toledo el 26 de febrero de 1907 (figura 7). Se reporta el hecho de que en Toledo cuentan por fin con una Estación de Desinfección después de años de retrasos. Se da cuenta de cómo son las instalaciones, los aparatos de que disponen y también se muestran fotografías. Como dato interesante se menciona que en París se puso en funcionamiento el servicio de desinfección en 1885, lo cual redujo en un 25% la mortalidad por enfermedades infecciosas.

Quienes trabajamos en el sector DDD somos desinfectores, desinsectadores y desratizadores. Aunque a día de hoy, el primer oficio ha perdido bastante fuelle gracias a que han sido superadas las epidemias de entonces gracias a las vacunas. Se conocen mejor los mecanismos de transmisión de las enfermedades infecciosas. Y por supuesto, el nivel general de higiene es más alto que antaño.

Notas:

[1]  Real Ordende 25 de septiembre de 1834 mandando reglas para proceder al expurgo y desinfección de la población después de casi extinguida la enfermedad epidémica que ha afligido á esta capital. Gaceta de Madrid núm 226, de 28/09/1834, páginas 949 a 950.

[2] Gobierno superior político de la provincia de Madrid. De los partes de las Juntas municipales de Beneficencia y Sanidad se deducen que existen casos de cólera-morbo asiático. Están adoptadas todas las medidas higiénicas, inclusas las de fumigación y desinfección. Gaceta de Madrid núm 632, de 25/09/1854, página 1.

[3] Real Orden de 22 de julio de 1885 regularizando el sistema preventivo y de desinfección respecto á las procedencias marítimas de puertos sospechosos ó epidemiados. Gaceta de Madrid núm 204, de 23/07/1885, página 226.

[4] Real Orden de 27 de agosto de 1892 estableciendo en la frontera de España con Francia un servicio de inspección médica de las personas y de desinfección de los efectos contumaces, y dictando disposiciones relativas á la más completa ejecución de este servicio. Gaceta de Madrid núm 241, de 28/08/1892, página 782.

[5] Sobre la sulfuración, Desinsectador, 17-04-2013.

[6] Real decreto de 3 de octubre de 1893 autorizando al Ministro de la Gobernación para que adquiera por gestión directa tres estufas de desinfección, con destino á las necesidades de la policía sanitaria. Gaceta de Madrid núm 277, de 04/10/1893, página 29.

[7] Real Decreto de 31 de octubre de 1901 referente á las medidas y precauciones que han de adoptarse en los casos que puedan ocurrir de enfermedades contagiosasGaceta de Madrid núm 308, de 04/11/1901, páginas 553 a 554.

[8] Instrucciones sobre prácticas de desinfección para uso de los Ayuntamientos. Dirección General de Sanidad. Gaceta de Madrid núm 308, de 04/11/1901, página 556.

[9] Chicote y del Riego, César: Manual del desinfector. Ayuntamiento de Madrid, Imprenta Municipal, 1903 (48 pp, 19 cm).

[10] http://www.memoriademadrid.es/

Fig 7. El Heraldo Toledano, semanario científico-literario y de información, 26 de febrero de 1907, p. 3.

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