‘Rata’, entrada del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (1885)

Fig 1. Primera página del tomo XVII del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano./ C. Pradera 02-2020

C. Pradera, Barcelona, 25-02-2020

1. INTRODUCCIÓN.

Encontré en una librería de viejo el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Hacía años que no me topaba con él. Tuve la suerte de disfrutar de esta obra en una biblioteca que visitaba hace años. Fue editado por Montaner y Simón de Barcelona y es posiblemente la más importante obra enciclopédica en castellano del siglo XIX. Fue publicada entre 1887 y 1899 en fascículos que se enviaban semanalmente a los suscriptores. Esta obra consta de 25 tomos repartidos en 26 volúmenes, ya que el tomo 5 está dividido en dos volúmenes. Como otras enciclopedias, mezcla textos originales de autores españoles con traducciones de textos extranjeros.

Busqué el tomo donde estaba la entrada dedicada a la rata. Estaba en el tomo decimoséptimo. Después de leerlo por encima, me pareció de interés. Así que, esquivando la mirada del librero, tomé unas fotografías de las páginas 155, 156 y 157. Me ha parecido que valía la pena transcribirlo respetando la ortografía de la época y compartirlo. No es un artículo bueno, pero se encuentran datos curiosos. Está trufado de historias entretenidas. Se describen las dos especies de ratas sinantrópicas como la rata ordinaria (Mus rattus) y la rata turón (Mus decumanus). No es la primera vez que encuentro el término turón para referirse a Rattus norvegicus en textos antiguos. Se indica que no se sabe cuándo fue introducida en España.

2. TRANSCRIPCIÓN.

Rata: Zool. Nombre vulgar con que se designan las especies del género Mus, orden de los roedores, familia de los múridos, que se caracterizan por tener el hocico puntiagudo y cubierto de pelo.; el labio superior ancho y hendido; las orejas salientes; la cola larga, cubierta de pelos escasos y diseminados, y de escamas cuadrangulares y superpuestas; tienen tres molares en cada mandíbula, los cuales se achican de delante atrás; su corona tuberculosa se aplana con el tiempo y presenta líneas de esmalte transversales, que pueden desaparecer en los individuos de cierta edad; el pelaje se compone de un bozo corto y de sedas largas, verdosas y aplanadas, los colores dominantes son el negro pardo y el blanco amarillento.

Las ratas son feas y pesadas; tienen de 200 á 260 escamas en la cola; las patas gruesas; el paladar con pliegues transversales hendidos. Generalmente alcanzan un largo de 33 centímetros.

Son los únicos roedores que se han extendido con el hombre por toda la superficie del globo, infestando hasta las islas más desiertas. Esta dispersión se verificó en épocas no muy lejanas, y aún se recuerda la fecha de su aparición. El hombre no agradece en ninguna parte el afecto que le demuestran estos animales; por doquiera los odia y persigue sin compasión; se vale de todos los medios para exterminarlos, y, á pesar de esto, siempre le son fieles, aún más que el perro. Por desgracia no es su afecto desinteresado: las ratas siguen al hombre porque encuentran cerca de él con qué alimentarse; son los ladrones domésticos más odiosos y descarados; en todas partes se entregan á la rapiña, y se halla el hombre continuamente expuesto á los daños y destrozos que le ocasionan.

En todas las épocas y en todos los lugares han debido necesariamente llamar la atención de los pueblos estos animales, continua plaga en las moradas del hombre. Los libros más antiguos hablan ya de las ratas, señalándolas como causa principal del azote que asoló el país de los filisteos después del robo del Arca.

Las ratas han figurado en la antigüedad tanto como los animales sometidos por el hombre para sus necesidades ó placeres, ó aquellos que imponiéndose como parásitos, han venido á compartir nuestras viviendas y recursos alimenticios. Por el hecho de haber salido en masa de Hélice (Peloponeso) poco antes de la destrucción de esta ciudad por un terremoto, se les atribuyó el don de presentir infaliblemente el porvenir, y Plinio se hizo eco de las creencias populares cuando dijo que el abandonar una casa las ratas era señal de su próxima ruina.

Estos animales tenían significaciones alegóricas en los emblemas y enigmas. Herodoto dice que estando los escitas con Darío, enviaron á este rey, entre otras cosas, una rata, lo cual quería decir, según la explicación dada por Gobrias, que á menos de ocultarse debajo de la tierra, como dichos animales, los persas, mandados por Darío, no se escaparían de las flechas de los escitas.

En los presagios es en los que han figurado principalmente las ratas: considerábanlas como seres proféticos, lo mismo que los cuervos y los pollos sagrados, y se estudiaban religiosamente las señales favorables ó las que indican alguna desgracia; el chillido agudo de una rata bastaba para anulas los auspicios cuando estaban reunidos los augures; no se necesitó más para que Fabio Máximo abdicase la dictadura, y para que Cayo Flaminio, general de la caballería, renunciase á su cargo, cual si le hubiesen dado aquellos animales alguna orden expresa de parte de Júpiter. Como quiera que las ratas royesen las sandalias de Papirio Carbón, se consideró que el hecho anunciaba su muerte; y Marcelo se atemorizó más antes de su última campaña por el hecho de haber profanado aquellos animales con sus sacrílegos dientes el oro del templo de Júpiter, que por todos los demás indicios funestos que podían inquietarle.

Las ideas supersticiosas se habían propagado de tal modo, los mismo en el pueblo que entre los grandes, que Cicerón tomó el asunto por su cuenta para burlarse públicamente del hecho, y escribe: «Somos tan frívolos é imprudentes, que si las ratas tiene á roer alguna cosa, por más que éste sea su oficio, vemos en ello un milagro. Antes de la guerra de los marsos, sólo porque estos animales royeron los escudos de Lavinio los arúspices anunciaron que esto era un prodigio horrible, como si significase algo el que las ratas, acostumbradas á roer día y noche, mordiesen los escudos ó los harneros. Si damos importancia á esto, podría decir á mi vez que por haber roído estos animales en mi casa los libros de la República de Platón debo temer por la República, y que si hacen los mismo con las obras de Epicuro sobre la sensualidad será indicio de carestía de víveres.»

También Catón se chanceaba con los presagios de las ratas; consultado por algunas personas que le miraban á que les explicase la significación de haber roído el calzado dichos animales, contestó: «Eso no es nada; ¿qué tiene de particular que roan las ratas el calzado? Lo que sería un prodigio inconcebible es que éste royera á las ratas.»

En la antigua Roma han contribuído estos animales á las diversiones públicas, sirviendo también para los juegos de la infancia. Según Lampride, el emperador Heliogábalo mandó reunir 10.000 para que figurasen en el circo, donde tantos gladiadores y tantas fieras de toda especie habían provocado los aplausos y los silbidos del populacho. Horacio nos dice que los chicos acostumbraban á enganchar ratas en sus carritos, lo cual no sería tan curioso como las ratas bailarinas de cuerda que se han visto en Europa á fines del siglo último.

Ya estos animales no figuran del mismo modo, pero son siempre una plaga que se va extendiendo por donde el hombre se establece.

Dos especies son las que se encuentran entre nosotros: la rata ordinaria (Mus rattus) y la rata turón (Mus decumanus).

La rata ordinaria tiene un color bastante uniforme; el lomo y la cola son de un pardo negro obscuro que pasa gradualmente al tinte gris negro del vientre; la cola es algo más larga que el cuerpo; tiene de 250 á 260 escamas, y los pliegues del paladar son lisos.

El largo total de un macho adulto es de 36 centímetros , de los cuales corresponden 16 á la cola.

No se puede precisar la época en que apareció este animal en Europa, ni en los autores antiguos se encuentra pasaje alguno que pueda aplicarse á la rata ordinaria. Alberto el Grande es el primer naturalista que hace mención de ella, diciendo que este animal existe en Alemania, de [l]o cual se deduce que se hallaba establecido ya en dicho país en el siglo XII. Lo mismo que la rata turón, es probablemente originaria de Persia, donde se halla en gran abundancia. Hasta la primera mitad del siglo último habitaba sólo la Europa, pero después vino el turón a disputarle el puesto y la expulsó y destruyó de ciertos puntos.

La rata ordinaria se encuentra extendida por toda la Tierra, exceptuando las regiones más frías, pero no se la encuentra ya en numerosas bandadas, sino aisladamente. Ha seguido al hombre á todos los climas; ha recorrido con él las tierras y los mares; indudablemente no existe en América, en Australia ni en Africa, pero los buques la han llevado á todas las playas y desde allí han ganado el interior de los territorios. Actualmente se encuentra en todo el Sur de Asia, principalmente en Persia y en las Indias, Africa, Egipto, Berbería, en el Cabo de Buena Esperanza, en toda la América, en Australia, y no sólo en las colonias Europeas, sino también en todas las islas del Océano Pacífico.

La otra especie es algo mayor que la precedente: mide 52 centímetros de largo, incluso los 19 de la cola; los pliegues del paladar son berrucosos; el centro del lomo es comunmente más obscuro que los costados, los cuales ofrecen un color gris amarillento; la parte superior del cuerpo es de un tinte gris pardo y la inferior gris pálido, claramente mezclados los dos, sobre aquél existen algunas veces pelos pardos.

El turón es originario probablemente del Asia central, de la India ó de Persia, sabiéndose con exactitud la fecha de su aparición en Europa. Es posible que Eliano hubiese hablado ya de él; pero esto es incierto, pues las dimensiones que da para el animal que podía asemejarse al turón no están conformes con las de esta rata. Dice que las ratas carpianas, nombre con que designa el animal de que habla, emprenden en ciertas ocasiones grandes víajes en innumerables manadas, y que atraviesan los ríos á nado, cogiéndose cada cual con los dientes á la cola del individuo que la precede. «Cuando llegan á un campo, añade, destruyen la cosecha y trepan á los árboles para comerse los frutos; pero á veces son exterminadas por la nube de aves de rapiña que las siguen, y también por los zorros. Tiene la talla de icneumón; son feroces y muerden, y sus dientes son bastante fuertes para roer el hierro, como los ratones Canantanes de Babilonia, cuyas pieles se remiten á Persia y sirven para forrar los trajes.» Pallas es el primero que ha descrito al turón como animal en Europa: dice que en otoño de 1727, después de un terremoto, hicieron irrupción estos animales en grandes manadas desde las orillas del Mar Caspio y las estepas de Kasmania; atravesaron el Volga por cerca de Astrakán, y se extendieron desde allí rápidamente por el Oeste. Casi en la misma época, en 1732, los buques los transportaron de las Indias orientales á Inglaterra, empezando entonces á dar la vuelta al mundo. En 1750 eran comunes en toda Alemania; en Dinamarca no se conocieron hasta hace unos sesenta años, y en Suiza sólo desde 1809. En 1775 fueron transportados á la América del Norte, donde se propagaron con mucha rapidez; pero en 1825 no se encontraban mucho más allá de Kingston, en el Canadá superior, y hace algunos años no habían alcanzado la parte alta del Misouri. No se sabe en qué época aparecieron en España, Marruecos, Argel, Túnez y el Cabo de Buena Esperanza. De todos modos, se hallan diseminadas hasta ahora en todas las costas del Océano, y se encuentran en las islas más desiertas y áridas. De mayor tamaño y más fuertes que las ratas ordinarias, se han apoderado de los lugares habitados por éstas, y aumentan a medida que ellas disminuyen.

Estas dos especies de ratas tienen las mismas costumbres, por lo cual no las describimos separadamente.

El turón habita los pisos inferiores de las habitaciones, las cuevas, sótanos, las cloacas, los sumideros, los canales y las orillas de los ríos, al paso que la rata ordinaria vive en los pisos superiores, los graneros, las granjas, etc. Esta es casi la única diferencia que se puede señalar entre ambas especies.

La una y la otra fijan su domicilio en toda habitación humana donde pueden encontrar alimento; desde la cueva hasta el granero, desde el salón hasta el gabinete, desde el palacio hasta la choza; habitan en las cuadras y en las granjas, en los patios y jardines, á orillas de las corrientes, de los canales y del mar, en una palabra, allí donde pueden vivir. Sin embargo, la rata ordinaria ó doméstica prefiere siempre habitar lo más cerca posible de los lugares ocupados por el hombre.

Ni empalizadas, ni paredes, ni puertas, ni cerraduras, son bastante para librarse de las depredaciones de estos seres. Si no encuentran camino abren uno; taladran las planchas de encina más gruesa, y acaban por atravesar los muros, sólo los sólidos cimientos ó una capa de trozos de vidrio mezclados con piedras pueden impedirles el paso; mas si por desgracia se desprende una sola de aquéllas, bien pronto queda abierta la brecha y franqueado el obstáculo.

Este no es el menor mal que causan; su voracidad las hace más temibles aún, pues para ellas todo es bueno y el hombre no tiene substancia alimenticia que las ratas no coman también. Sacian su voracidad en muchas cosas, en animales vivos y muertos, en restos corruptos los más repugnantes, y hasta en las inmundicias; comen cuero, cuerno, granos, cortezas de árbol y toda substancia vegetal. Lo que no comen lo roen, habiéndose dado el caso de que devorasen en parte niños dormidos en su cuna.

No hay propietario que no sepa por experiencia cuán peligrosas son las ratas para los animales domésticos. A los cerdos, que por su exceso de grasa son insensibles ó no pueden defenderse, les muerden la piel, las orejas y la cola; se comen la membrana palmar de las ocas, arrancan á las pavas que cubren sus huevos pedazos de las espalda y de los muslos; arrastran al agua á los polluelos, los ahogan, los llevan á la orilla y se los comen á las vista de la madre. Hay sitios en que aparecen algunas veces en manadas tan considerables, que no se daría crédito al hecho si no hubiese pruebas que lo atestiguasen. Así, por ejemplo, en París, se exterminaron en el espacio de cuatro semanas y en un solo matadero 16.000 ratas. En Montfaucón devoraron en una sola noche los cadáveres de 35 caballos.

Cuando se persuaden, con su delicado instinto, de la impotencia del hombre, aumenta su atrevimiento, hasta el punto de que admiraría uno tanta audacia y temeridad si no tuviese poderosas razones para odiar á estos animales.

Las Casas refiere que en 27 de junio de 1816 se quedaron sin almorzar Napoleón y sus compañeros por haber entrado las ratas en cocina y devorado todas las provisiones. En Santa Elena había muchas, y eran extremadas su malignidad y audacia. Cierto día, al coger Napoleón su sombrero, salió de él una gran rata.

A los marinos es principalmente á quienes causan graves molestias; no hay buque que no las tenga, ni se conoce medio de exterminarlas en los barcos viejos, infestándose los nuevos en su primer viaje. Durante las travesías largas se multiplican de una manera espantosa si encuentran víveres, y llega el caso de que no se pueda habitar el buque. Cuando Kane hizo su primer viaje á los mares del polo y quedó aprisionado entre los hielos, se aumentó de tal modo el número de ratas que ocasionaron los más graves perjuicios al célebre explorador. Habiéndose acordado exterminar á los roedores por las asfixia, se cerraron todas las salidas y se quemó en la bodega una mezcla de azufre, cuero y arsénico, por lo cual hubo de permanecer la tripulación sobre cubierta toda la noche del 30 de septiembre. Al siguiente día se vió que el medio no había producido ningún efecto. Se encendió entonces una gran cantidad de carbón, creyendo que podrían matarse así las ratas; á los pocos momentos llenáronse de un gas mortal la sentina y el entrepunce; dos marineros que tuvieron la imprudencia de bajar cayeron asfixiados, y á duras penas se les pudo sacar. Apagóse una linterna que se bajó con una cuerda, pero prendióse fuego al buque, y sólo a costa de grandes esfuerzos, exponiendo su vida el capitán y los marineros, se pudo por fin apagarle. Al día siguiente no se encontraron más que 28 cadáveres de ratas, y las demás continuaron multiplicándose hasta el punto de no ser posible librarse de sus ataques. Se comían las pieles, los trajes y el calzado; introducíanse en las camas, debajo de las mantas, en los guantes, en los sombreros y en las cajas de víveres, cuyo contenido devoraban. Entonces se recurrió á otro medio: bajóse a la bodega el mejor perro, pero bien pronto anunciaron sus aullidos que era atacado por las ratas, se le sacó en seguida, y ya le habían roído las plantas de los pies. Más tarde se ofreció un esquimal un esquimal á matarlas á flechazos, y tuvo la suerte de proporcionar á Kane, que las hacía cocer, carne fresca para todo el invierno. Por último, habiéndose cogido un zorro, se le encerró en la bodega, donde parecía estar bien, pues le servían las ratas de alimento.

Según Heródoto debería atribuirse á las ratas la victoria que Severo, rey de los egipcios, alcanzó sobre Sennaquerib, rey de los árabes y de los asirios. Este último había avanzado hasta Pelusa, y hallábase á punto de llegar á las manos con el ejército enemigo, demasiado débil para oponerle resistencia, cuando se extendió por el campamento una espantosa multitud de ratas que royeron las cuerdas de los arcos y todas las correas de los escudos. Así, desarmados y sin poder defenderse, hubieron de huir los asirios, con gran pérdida de hombres.

Por otro estilo, fueron las ratas causa de un desastre memorable en una de las islas Cícladas, si se ha de creer á Estrabón, y después de él á Plinio. Asolaron las sierras, devastaron las cosechas, saquearon los graneros, y en una palabra, después de exponer á los habitantes á perecer de hambre, acometieron á hombres y animales hasta en los mismos pueblos. Era tal su número, que no habiendo esperanza de exterminar, aunque no opusiesen resistencia, á tantos miles de ratas, que parecían salir de la tierra, los habitantes tomaron el partido de abandonar la isla, dejando lo que no podían llevarse.

En Italia han ocurrido hechos semejantes: los historiadores de la antigüedad recuerdan que los naturales de Cosa, ahora Orbitello, se vieron obligados á huir antes las legiones de ratas que habían invadido la ciudad. «Los habitantes de Ceretto, pequeña ciudad del reino de Nápoles, dice Misón, escritor del siglo XVII, recuerdan haberse visto precisados, hace menos de cincuenta años, á disputar el terreno á las ratas como lo habían hecho los abderitas. Los terremotos causados por las erupciones del Vesubio ocasionaron este acontecimiento. Ceretto quedó casi destruída; una buena parte de sus habitantes pereció bajo las ruinas, y los que tuvieron la suerte de salvarse retiránronse á la llanura, donde establecieron una especie de campamento; pero bien pronto fué tan peligroso estar en Eliano como en la ciudad. Un ejército de ratas amenazaba devorara vivos á los pobres habitantes; se opuso El Hierro y el fuego á las furiosas legiones, formándose trincheras, y se ejerció durante varias noches la más activa vigilancia para evitar una sorpresa.»

La ratas son maestras en todos los ejercicios corporales: corren con rapidez; trepan con perfección aun por paredes muy lisas; nadan admirablemente; dan grandes saltos, y hasta saben socavar la tierra. El turón parece más vigoroso y diestro que su congénere, ó por lo menos nada y trepa mejor que él; se sumerge casi tan bien como los animales acuáticos, y hasta puede alcanzar á los peces persiguiéndolos en el agua. Si es perseguido se refugia en un río, un estanque ó un foso, en caso necesario los atraviesa, ya sea nadando por la superficie ó corriendo por el fondo, y esto dura largo tiempo. La rata ordinaria no hace otro tanto sino cuando se ve apurada.

El oído y el tacto son los sentidos más perfectos que tienen; las vista, sin embargo, no es mala, y con frecuencia demuestran estos animales tener el gusto bastante desarrollado, puesto que cuando visitan una despensa saben escoger los manjares más apetitosos.

Acerca de su reproducción, véase lo que dice Dehne, que ha hecho observaciones en turones albinos. «El 1.º de marzo de 1852 dio á luz siete hijuelos una rata blanca, la cual había formado en su jaula un espeso nido de paja. Aquéllos tenían el tamaño de un abejorro y producían un chillido á cada movimiento de la madre. El día 8 eran ya blanco; del 13 al 16 abrieron los ojos, y el 18 por la tarde salieron por primera vez pero cuando vió la madre que los observaban, cogiólos con la boca uno tras otro y los llevó á su nido. Algunos se escaparon de nuevo por otra abertura; eran del tamaño del ratón enano y con la cola de 8 centímetros de longitud. El 21 eran tan grandes como el ratón ordinario, y el 28 como el musgaño. Todavía mamaban el 2 de abril, retozaban y se perseguían de la manera más graciosa y divertida; sentábanse sobre el lomo de su madre, y se dejaban llevar por ella.

»El 9 de abril separé á la madre de sus hijuelos y la puse con el macho; el 11 de mayo parió la hembra por segunda vez.

»A principios de abril puse en una gran vasija, con una abertura de 12 centímetros, una pareja de los pequeños que habían nacido el día 10 de marzo. Al mediodía del 10 de julio encontré una cría de seis pequeños, siendo de advertir que la edad de los padres era sólo de ciento tres días. A pesar de ser muy grande la vasija parecía que la madre necesitaba más sitio, pues hizo inútiles esfuerzos para ensanchar su vivienda. Ocultaba de tal modo á sus hijuelos que no se los podía ver, y los amamanto hasta el 22, en que desaparecieron todos por habérselos comido.»

Son innumerables los medios empleados para destruir las ratas, y cada cual ha servido por lo menos, durante un tiempo. Cuando estos animales notan que se les persigue con encarnizamiento emigran pronto, pero si la persecución disminuye vuelven después, y una vez que se establecen de nuevo en un punto multiplicarse con rapidez y comenten tantos destrozos como antes. El procedimiento más usado es el veneno, que bajo diferentes formas se coloca en los sitios frecuentados por estos roedores; pero este medio, sobre ser cruel, ofrece siempre peligro, pues las ratas vomitan una parte del tósigo y pueden envenenar así diversas sustancias, como por ejemplo los granos y las patatas. Lo mejor es darlas una mezcla de la cebada perforada para fabricar cerveza y cal viva, que excita su sed y las mata apenas han bebido la cantidad de agua necesaria para apagar la cal.

No hay nada mejor para exterminar las ratas que sus enemigas naturales, cual son las aves de rapiña nocturnas, los cuervos, las comadrejas, los perros ratoneros y los gatos. Estos últimos, sin embargo, no osan acometer á las ratas muchas veces. Hay, no obstante, algunos de buena raza que se dedican á cazarlas con ardimiento, á pesar de las dificultades con que deben luchar. Brehm ha visto uno de estos gatos, que no tenía aún la tercera parte de su tamaño, cazar las ratas tan encarnizadamente, que una vez se dejó arrastrar por una muy grande hasta lo alto de una pared sin soltar su presa, hasta que al fin se hizo dueño del roedor. A las ratas no les debe convenir la vecindad de semejante adversario, y emigran á otro punto donde pueden estar más tranquilas. Se puede decir, por lo tanto, que el gato es siempre el mejor auxiliar que puede tener el hombre para desembarazarse de tan molestos huéspedes.

Los vesos en la casas, y la comadreja en los alrededores de las casas y los jardines, no prestan menores servicios. Cierto es que cogen de vez en cuando un huevo, un pastel ó una gallina; mas para evitar esto basta cerrar bien las puertas, lo cual no ocurre con las ratas, que no sirve ninguna de las precauciones que se toman.

Otro medio de destrucción es el siguiente: en un sitio frecuentado por las ratas, cerca de una cuadra, de un retrete ó e una cloaca, se abre una zanja, cuyo fondo se forma con una losa de metro cuadrado, y los lados son otras cuatro. Esta zanja tiene 1,20 de profundidad, su abertura la mitad de las dimensiones del fondo, y, por lo tanto, están inclinadas las paredes de modo que los animales no puedan trepar. Un poco de grasa derretida, miel mezclada con agua, ó cualquiera otra sustancia de las que más gustan á las ratas, sirven de cebo para untar el interior de la zanja, y también se coloca una vasija de barro de unos 5 centímetros de altura, con una abertura muy estrecha, la cual se llena de maíz, avena, cañamones, tocino, etc., después de haberla untado con miel. Para evitar que caiga una gallina ó cualquier otro animal doméstico, se pone un enrejado alrededor de la abertura. Hecho esto ya no hay que molestarse más. «El olor que de allí se exhala, dice Lenz, impulsa á la rata á saltar á la zanja; todo huele á tocino, miel y trigo; pero el roedor ha de contentarse con olfatear, pues no puede tocar á nada, y cuantas ratas penetran allí, deben forzosamente devorarse unas á otras.

»La que cae prisionera siente muy pronto el aguijón del hambre, y trata inútilmente de salir de la prisión; llega la segunda como llovida del cielo, y entonces comienza un lucha furiosa, que acaba con la muerte de una de las dos. Si la primera queda victoriosa devora al momento el cadáver de la vencida, y si es la segunda no se come el cuerpo hasta pasadas unas horas. Rara vez se encuentran tres reunidas en semejante trampa: es seguro que al día siguiente ha desaparecido una de ellas. En una palabra, cada rata prisionera se come á la otra, sin quedar en el sitio vestigios de esta matanza.»

«Durante el día y á media noche, dice Dehne, duermen las ratas cautivas, estando muy avispadas por la mañana y por la tarde. Beben leche con placer, y les gustan mucho los cañamones y las pepitas de melón; yo les doy como alimento ordinario pan mojado en agua ó leche y patatas cocidas, á las que son muy aficionadas. Procediendo lo mismo que con los demás roedores que he tenido cautivos, me abstengo de darles carne ó grasa, porque su orina y sus excrementos adquieren un olor tan penetrante como asqueroso.

»Revelan mucha astucia: cuando su jaula está forrada exteriormente de hojalata tratan de roer la madera, y después de haber trabajado cierto tiempo tantean con sus patas á través de las varillas, como para saber el grosor que han de taladrar. Para limpiar su jaula empujan los excrementos con el hocico y las patas, hasta dejarlos caer fuera.

»Les agrada la compañía de sus semejantes: forman un nido común, y se comunican calor entrelazando su cuerpo. Cuando una de ellas muere se precipitan las demás sobre el cadáver, le abren el cráneo, e comen el cerebro y después la carne, dejando solamente la piel y los huesos.

»Estos animales tienen mucha resistencia vital: cierto día quise matar una rata albina ahogándola, pues tenía en la nuca, desde hacía cuatro meses, un agujero del tamaño de un guisante por el cual se veían los músculos cervicales. La herida, en vez de cicatrizarse, parecía, por el contrario, que se agrandaba, y los bordes, sin pelo, estaban muy inflamados. Sumergí al roedor una docena de veces, durante varios minutos, en una vasija de agua helada, pero salió viva y comenzó á quitarse con las patas el agua que tenía en los ojos. Luego abrí la vasija donde había tratado de asfixiarla, y alimento trató de huir. Entonces la puse en una jaula sobre una capa de heno y paja y la llevé á un cuarto bien abrigado. A poco observé con sorpresa que la herida cicatrizaba, y que al cabo de quince días se curó por completo. No me parece que otro roedor cualquiera hubiera resistido semejante inmersión en agua helada, debiendo atribuirse más que nada á su vida medio anfibia.

»Los incisivos inferiores crecen de una manera terrible en la rata cautiva y se contornean en espiral. Yo he visto algunos atravesar la mejilla y entorpecer la masticación hasta el punto de que el animal murió de hambre.»

Cuando las ratas viven libres padecen algunas veces una enfermedad de las más curiosas; muchas de ellas quedan unidas por la cola, y forman así lo que el vulgo ha llamado un rey de ratas, considerado en otro tiempo, por efecto de la preocupación, como un sér muy distinto de lo que es en realidad. Creíase que este rey, adornado de una corona de oro, iba sobre un grupo de ratas entrelazadas y gobernaba como soberano sobre todo el imperio ratonil. Lo que hay de cierto es que á veces quedan unidos por la cola muchos de estos roedores, y que no pudiendo moverse son alimentados por sus semejantes; pero la causa de este curioso hecho es aún desconocida. Créese que se debe á una particular exudación de la cola, que mantiene unidos estos órganos.

En Altemburgo se conserva un rey de ratas formado por 27 individuos; en Bona, Schnepfenthal, Francfort, Erfurt y Luidenan, cerca de Leipzig, se han encontrado grupos semejantes. El último que se ha conocido fué en Luidenan, y dió margen á un proceso muy curioso entre un molinero y un pintor.

Es posible que estos grupos sean más comunes de lo que generalmente se cree; pero lo cierto es. que se ven muy pocos en las colecciones. Por otro parte, la gente del pueblo es tan supersticiosa por lo que hace el rey de ratas, que se apresuran á exterminarle cuando encuentran uno.

Lenz cita un ejemplo de ello: en Doellstedt, pueblo inmediato a Gotha, se hallaron al mismo tiempo dos reyes de ratas en diciembre de 1822. Tres mozos de una granja oyeron un débil chillido en cierto sitio, y habiendo comenzado á buscar, observaron que cierta viga estaba hueca. En la cavidad se hallaban 42 ratas vivas. habían echo el agujero, que tenía 15 centímetros de profundidad, y no se veían alrededor ni excrementos ni resto alguno de alimento. Uno de los criados sacó las ratas, que no querían ó no podían salir de su agujero, y los mozos vieron entonces con horror 28 de ellas unidas por la cola, formando circulo alrededor del nudo, mientras que las otras 14 presentaban la misma disposición. Estas 42 ratas parecían muy hambrientas y chillaban de continuo; tenían todas el mismo tamaño, y por él podía deducirse que habían nacido en la primavera última. Su color era el de las ratas ordinarias y ninguna parecía muerta; estaban muy tranquilas, y sufrieron resignadas cuanto les hacían los hombres que las hallaron. las 14 ratas fueron llevadas vivas á las habitaciones del dueño de la granja, donde llegaron bien pronto muchas personas ansiosas de ver semejante fenómeno. Cuando la curiosidad pública quedó satisfecha, lo mozos se las volvieron á llevar y las mataron á golpes; á fuerza de tirones separaron tres del grupo sin arrancar la cola; parecía intacta, y sólo se veían en ella las señales de las demás, á la manera de una correa que hubiese estado oprimida or otra mucho tiempo. Las otras 28 ratas se las llevaron á la posada y fueron expuestas al público, pero luego las mataron también.

Aquellas gentes hubieran conservado su hallazgo si hubiesen sabido que semejante monstruosidad podría enriquecerles, sin más que enseñarlas por las ciudades.

Los trabajos antiguos de Medicina hablan mucho de sus propiedades: la cabeza, el corazón, las cenizas y hasta los excrementos pasaban por tener admirables virtudes para curar ciertas enfermedades.

Las ratas han sido en varias ocasiones un recurso precioso; más de una vez se ha dado el caso de faltar los víveres en un buque y haber servido estos roedores para mantener á la tripulación. En muchas ciudades sitiadas han sido útiles; en el cerco de Casilinum por Aníbal fué vendida una rata, según cuenta Plinio, por la suma de 200 escudos, lo cual no debió parecer muy caro á quien la compró, puesto que le salvó la vida, al paso que el vendedor murió de hambre. En el sitio de Melena (Francia), reinando Carlos VI, era un verdadero regalo la carne de rata, y con mucho gusto las comieron los habitantes de Calais, cuando Eduardo, rey de Inglaterra, sitiaba su ciudad. Todo el mundo sabe que en el sitio de Maguncia más de un soldado de la República se vió en la precisión de alimentarse de ratas. Unicamente en estos casos puede ser de alguna utilidad para el hombre.

Fig 2. Página 155 del tomo XVII del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano./ C. Pradera 02-2020

Fig 3. Página 156 del tomo XVII del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano./ C. Pradera 02-2020

Fig 4. Página 157 del tomo XVII del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano./ C. Pradera 02-2020

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