Historia de la delegación de APINSA en Barcelona

Fig 1. Eduardo Pujante en su despacho de la delegación de APINSA en Barcelona./ C. Pradera 08-2015

C. Pradera, Barcelona, 06-10-2015

Empecé en control de plagas en septiembre de 2004 en la delegación de APINSA de Barcelona, en la calle Nápoles 31 de Barcelona. Un domingo del mes de agosto leí un anuncio en las páginas de clasificados del periódico La Vanguardia que decía: “Se necesita personal para la aplicación de plaguicidas”. Me impactó este anuncio. Pero estaba buscando un cambio radical a mi situación laboral. Pensé que sería interesante trabajar en control de plagas. Al día siguiente envié mi curriculum vitae por correo. Y al cabo de poco, me llamaron para realizar una entrevista con Eduardo Pujante, el delegado en Barcelona (figura 1). Luego me contrataron y realicé el curso para la obtención del carnet de aplicador de tratamientos DDD de nivel cualificado a principios de septiembre. Hice el curso junto a Carles Marquès a quien también seleccionaron.

Eduardo Pujante era el delegado y hacía también las funciones de comercial y de responsable técnico. Llevaba en la delegación casi desde su inicio. Siempre he sido una persona curiosa y he tenido interés por conocer la historia de las empresas y de las personas con las que trabajo. Eduardo Pujante ha bregado en mil batallas en el negocio de control de plagas y puede dar cuenta de mil anécdotas. Él empezó en la delegación de APINSA un mes de junio de 1979 cuando tenía 19 años. Hasta entonces, había ejercido de electrónico cuando la empresa donde trabajaba quebró. Entró a trabajar de manera provisional en APINSA gracias a Remedios Romero, su prima, la cual trabajaba como secretaria en la delegación desde su apertura en 1975 en Badalona y a quien le queda poco para jubilarse. La delegación fue abierta por el empresario canario Juan Lucio Bolaños Suárez, fundador de APINSA, en su expansión por España de su negocio floreciente de control de plagas.

APINSA fue fundada en Tenerife por Juan L. Bolaños en 1964 cuando contaba con 19 años de edad. Fue fundada como Aplicaciones Insecticidas Sociedad Anónima, cuyo acrónimo es APINSA. Anteriormente, Juan L. Bolaños había trabajado en una empresa del sector donde adquirió experiencia. Su iniciativa le llevó a establecerse por su cuenta. Pocos años después le llegó la oportunidad de utilizar un producto insecticida a base de dieldrín, un organoclorado muy persistente que mataba tanto insectos rastreros como roedores por contacto. Lo interesante del caso es que este producto no era un líquido emulsionable o en suspensión, sino un líquido que dejaba al secarse un residuo sólido y duradero sobre la superficie aplicada. Se trataba de una laca, novedoso formulado que por su persistencia permitía dar al cliente una larga garantía libre de animales parásitos. Parece ser que esta laca llevaba un fijador que era también muy tóxico. La laca fue toda una ventaja competitiva que también utilizaron otras importantes empresas de la época como GARANT de Eduardo Fontanet.

El uso de la laca permitió el crecimiento y expansión del negocio. Su uso era tan radical que bien aplicado permitía hacer desaparecer las cucarachas entre uno y tres años. Si se aplicaba con brocha haciendo bandas de manera perimetral, permitía la eliminación de cucarachas. Y si se aplicaba mediante una pulverización a baja presión, exterminaba los ratones. La laca se ofrecía tanto para desinsectación como desratización. Si el local estaba infestado de ratones y cucarachas, se aplicaba primero a brocha las partes altas y, luego, se aplicaba por las partes bajas mediante un pulverizador a baja presión sin la hélice para que el producto no se expandiera demasiado y se creara una superficie ancha y concentrada. Al pasar el ratón entraba en contacto con el producto y, al acicalarse, ingería insecticida y se intoxicaba fatalmente. El cliente llamaba entusiasmado después de una aplicación para decir que se encontraba montones de ratones muertos.

Fig 2. Logotipo de la década de 2000./ APINSA

Gracias a este producto APINSA se fue expandiendo por las Islas Canarias y por el resto de España. La eficacia del producto permitía realizar un solo tratamiento que permitía la práctica erradicación de la plaga. El beneficio era alto, ya que una sola aplicación daba garantía para un año y había la seguridad de que no se tenía que volver a repetir el tratamiento. Los técnicos se desplazaban lejos para aplicar y atender a los clientes. Se llegaba a muchos lugares y se hacían muchos clientes. Y además, estos repetían entusiasmados al año siguiente.

Esta manera de hacer las cosas llevó a la creación de la delegación de Barcelona. Empezó con tres personas. Había el delegado, Luis Ángel C., que hacía de comercial. Un aplicador, Feliciano, que venía de Tenerife donde se había formado y al que Juan Bolaños ofreció para que se instalara en Barcelona junto a su mujer. Y luego había una secretaria, Remedios Romero, que entró a trabajar gracias a que su familia tenía relaciones con la del Sr. Bolaños. Eduardo Pujante empezó en la delegación de Badalona donde aprendió el oficio de la mano de Feliciano. Y posteriormente hizo varios viajes a Tenerife para acabar de formarse. Durante años, hasta la década de 1990, el personal que entraba a trabajar en Barcelona se formaba también en Canarias donde iban unos 15 días en los que estaban todo el día trabajando para aprender. Se utilizaba un método directo para el aprendizaje que consistía en que una persona decía a otra que aprendía lo que tenía que hacer y nada más. Entonces el aprendiz hacía el trabajo bajo la atenta observación de la persona. Cuando terminaba, se le indicaba lo que se había quedado sin brochear y se lo mostraba para que fuera consciente de lo que se había olvidado. Este procedimiento se seguía aplicación tras aplicación hasta que el aprendiz estaba preparado y listo para enseñar a otra persona.

Eduardo Pujante empezó en la delegación a horas porque al principio no había tanto trabajo. Empezó ayudando a Feliciano. Pero al aumentar la cartera de clientes y la carga de trabajo acabó a jornada completa. El aplicador también realizaba cobros y gestiones con el cliente. El trabajo de aplicador era duro, ya que había que brochear los locales por todos sus perímetros. Se trataban muchos restaurantes y hoteles. En invierno había mucho trabajo en hoteles de costa cuando estos permanecían cerrados al público. Se trataba todo el hotel desde las cocinas hasta las habitaciones. Y además, se trabajaba mucho en horario nocturno. Cuando empezó en APINSA, Eduardo Pujante no se esperaba trabajar tantos años en el sector de control de plagas. Sin embargo, a partir de 1985 empezó a compaginar el trabajo de aplicador con el de comercial, lo cual era una tarea en la que se sentía más realizado. En 1988 pasó prácticamente a hacer solo de comercial. Y en 1990 fue nombrado delegado.

En 1983, la delegación pasó a un primer piso de la calle Almogávares número 8 de Barcelona. Y a finales de la década de 1990 se trasladó a la calle Nápoles 31, a la vuelta de la esquina, a un bajo que anteriormente había ocupado un taller mecánico. Se trataba de un local de grandes dimensiones. El espacio disponía de oficinas, almacenes, vestuarios y un aparcamiento para cuatro vehículos. Este espacio cubría las crecientes necesidades, ya que APINSA había comprado la delegación de Barcelona de GMB TRAITEMENT SL, una empresa barcelonesa fundada por Gregorio Moreno Bravo, pero que acabó en manos de Ángel Izquierdo y  Julián Tejada, antiguo trabajador de APINSA en Valencia para la creación de GMB INTERNACIONAL SA, importante formulador y distribuidor de productos de control de plagas en España. Con la adquisición de GMB TRAITEMENT SL se incorporó en la plantilla a Josep Bellavista (figura 3), entomólogo con una gran experiencia en el sector. En esta ubicación de la calle Nápoles permanece en la actualidad la delegación. En el local de Badalona, los productos químicos se almacenaban en el mismo local. Y en la calle Almogávares estaban almacenados en un patio donde había un armario cerrado bajo llave. Al trasladarse a la calle Nápoles, donde había mayor espacio, se dio de alta en el ROESB un registro para almacenamiento de productos plaguicidas. La delegación cuenta con un almacén para los productos insecticidas y otro para los raticidas y maquinaria de aplicación, siendo de las pocas empresas que disponían de almacén propio registrado.

Fig 3. Josep Bellavista./ C. Pradera 08-2015

El éxito del negocio se debió a la laca insecticida formulada con productos muy tóxicos como el insecticida y el fijador. Esta laca estuvo vigente hasta 1985 aproximadamente. A partir de entonces se cambió la formulación, ya que este compuesto persistente fue prohibido para su uso en salud ambiental. La nueva laca que se empezó a utilizar llevaba dos organofosforados, clorpirifos y DDVP (o vapona). El clorpirifos funcionaba muy bien, pero al venir de utilizar el dieldrín se notó que la eficacia del nuevo formulado no tenía nada que ver. Y esto significaba que ya no se podía utilizar contra ratones.

Otro de los éxitos de APINSA es que los productos que aplicaba eran de fabricación propia. Años después, Juan L. Bolaños fundó en 1979 en Fuenlabrada, Madrid, la empresa SANYS SA en la que fabricaba insecticidas y raticidas para uso propio. Años más tarde, también empezó a formularlos para terceros. Entonces parece ser que el producto que se hacía para venta era un poco menos concentrado con lo que daba una cierta ventaja a APINSA. El nombre comercial de la laca de SANYS para uso propio fue MATUL.

En la delegación de Barcelona se atendía a cualquier tipo de negocio que necesitara de sus servicios. Antes no había tanta competencia como ahora y se disponía de una gran ventaja con la laca. Se hicieron muchos clientes de todo tipo. Se tenían clientes grandes como El Corte Inglés o COBEGA. Se trabajaba con muchos hoteles en los que se pincelaban todas las habitaciones. En el invierno, cuando bajaba la demanda al disminuir las plagas, se trabajaba duro en los hoteles de la costa en zonas turísticas de playa como el Maresme y la Costa Brava. El inicio de la delegación no fue fácil, ya que se hacía puerta fría. Pero el brocheo era un sistema novedoso y eficaz respecto a otros sistemas usuales de la época como el de la botella autoeyectora. Con la botella había que hacer un tratamiento cada pocos meses. APINSA hacía un trato con el cliente que no podía rechazar, ya que se le decía que se le hacía el tratamiento y, si veía cucarachas, que no pagara. Sin embargo, no hubo problemas, porque todos pagaban al no ver cucarachas. Al cliente se le hacía una sola aplicación al año. Y si no tenía otras plagas, no se volvía hasta el cabo de un año para renovar el contrato.

Los servicios más demandados al principio era contra cucarachas, hormigas, ratas y ratones. Y también, en menor medida, contra pulgas y polillas. En aquella época no se hacían tratamientos contra chinches como hoy en día. Se consideraban erradicados de las casas. Respecto a las cucarachas, entonces, se trabajaba básicamente contra la cucaracha alemana (Blattella germanica) que era la cucaracha más problemática en industria alimentaria: hoteles, restaurantes, bares, fábricas, etc. Se realizaba el 80% de los servicios contra esta especie. El resto era cucaracha oriental (Blatta orientalis). Y no había cucaracha americana (Periplaneta americana), ya que no fue hasta mediados de la década de 1990 que empezó a ser un problema.

La jornada laboral antes era dura. Se realizaban muchos servicios nocturnos y en fines de semana. El trabajo durante la noche tenía la ventaja que permitía ver dónde estaban los focos de cucaracha alemana, con lo que el tratamiento era más dirigido. Se usaba poco líquido contra los insectos, ya que todo era a brocha. Sobre las paredes las bandas eran de uno o dos centímetros. Con la laca con dieldrín se gastaba muy poco líquido si se compara a cuando llegó el clorpirifos. Y nada que ver cuando en 2007 se dejó de utilizar este organofosforado para realizar tratamientos con piretroides. Un bar con dieldrín se hacía con un litro o litro y medio. En cambio, con los producto actuales se utiliza mucha más cantidad y se ha de ir más veces.

En aquellos años no había plazo de seguridad. Se trabajaba con las personas presentes. Se empezaba por la cocina a tratar y los clientes estaban en la barra. Lo importante era que el cliente prepara bien el local. El comercial enseñaba al cliente a recoger todo y no dejar comida ni utensilios a la vista. Si el local no estaba bien recogido, lo aplicadores no realizaban el trabajo y se iban. Ahora bien, el aplicador no llevaba protección frente a químicos. No se usaban guantes ni mascarilla para la aplicación de laca. La empresa proporcionaba una mascarilla con gafas cuando se hacía una pulverización. Sin embargo, los aplicadores no la utilizaban, ya que no era costumbre. Por estética se llevaba una bata. Y los guantes se utilizaban solo para la desratización para que el raticida no quedara impregnado del olor humano.

Fig 4. Bolsita de 50 gramos de raticida en grano con warfarina./ C. Pradera 12-2013

Eduardo Pujante me explicó que empezó a utilizar protección respiratoria hacia 1987. Hasta entonces, durante 8 o 10 años la usó muy poco y eso que trabajaba muchas horas. A partir de que el personal de la vieja escuela dejó de aplicar, se empezó a usar la mascarilla, ya que a los nuevos se les enseñaba a llevarla durante los tratamientos. El equipo básico para la laca era un brocha plana (paletina) con un palo de PVC como extensor y una pulverizadora. Para aplicar, se utilizaba una jarrita donde se mojaba la laca. Y siempre se llevaba un trapo encima cogido del cinturón para limpiar la brocha cuando se ensuciaba. En APINSA no se realizaban nebulizaciones. No fue hasta años después que se compraron aparatos eléctricos. Al principio todos los tratamientos se hacían con laca. Incluso los tratamientos contra carcoma. Se inyectaba y se pulverizaba la madera con el mismo producto. Ahora bien, no fue hasta el año 1998 que APINSA empezó a dejar de utilizar el líquido insecticida para todo. Se empezaron a utilizar trampas de monitoreo y geles insecticidas. El primero que utilizaron fue el FASLANE y luego GOLIATH. Y en la misma época se empezó a aplicar el plazo de seguridad.

Las desratizaciones se hacían con cebos a base de warfarina. Luego llegó la bromadiolona y la clorofacinona. El primero se utilizaba principalmente contra ratones y el segundo contra ratas. El formulado era siempre en grano. Venía a granel o en bolsitas. No fue hasta muchos años después que aparecieron los bloques. En la delegación no tenían costumbre de utilizar raticida soluble. La warfarina requería que el raticida sea ingerido por el roedor durante varios días, ya que es acumulativa. Con las ratas no había problema al ser voraces. Sin embargo, contra ratones sí. Y había que poner mucha cantidad de cebo para solucionarlo. Los portacebos solo se utilizaban con el grano a grane. Las bolsas de grano se ponían sueltas en las zonas de paso. El portacebos lo fabricaban ellos a base de tubos de PVC que ellos cortaban en la oficina.

Para la realización de los servicios se utilizaban vehículos de empresa. El modelo que más se utilizó fue un Renault R4. A partir de la década de 2000, llegaron las furgonetas Renault Kangoo (figura 5). También se hizo una apuesta por la movilidad por la ciudad con motos de la marca Vespa.

Fig 5. Furgoneta de APINSA en Santa Coloma de Gramenet./ C. Pradera 02-2015

Fig 6. Fachada del local de APINSA en la calle Nápoles de Barcelona./ C. Pradera 06-2020

Fig 7. Anuncio publicado en ‘El Eco de Canarias’ el 30 de julio de 1980, pág. 6.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .